Se levantó de la cama tapándose con la sábana que la cubría. Estaba tan cómoda en pijama, y tan incómoda a su lado, que se sintió desnuda.
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Se levantó de la cama tapándose con la sábana que la cubría. Estaba tan cómoda en pijama, y tan incómoda a su lado, que se sintió desnuda.
Encendieron ansiosos la webcam,
se miraron a los ojos,
y no se vieron.
achucha al chucho,
agata al gato.
Sal de mi vida, eres la.
En el Parque Nacional, un grupo de jubiladas es sorprendido por una manada de coatíes que se pasean en busca de comida fácil. Las señoras asaltadas por los curiosos animalejos saltan y chillan, mientras las que todavía se sienten ajenas al atraco ríen con histeria, temiendo ser sus próximas víctimas.
Tras la frustrada recaudación con sus compañeras, los coatíes se les acercan pedigüeños, apuntándolas con su hocico dirigible. Ante tal amenaza, una de ellas intenta ahuyentar a su atracador sacudiendo violentamente un pañuelo sobre el mismo, mientras otra decide inclinarse, mirarlo directamente a los ojos y regañarlo agitando con total rigidez su dedo índice: “¡Malo! ¡Eres muy malo! A ver si aprendes a portarte bien… ¡Eso no se hace!”. El coatí no comprende su papel de mascota, pero intuye la oquedad de la maraca que se agita sobre su cabeza y decide irse mientras la mujer continúa su discurso, ahora victoriosa: “Vamos, hombre… ¡Qué se habrá creído!”
“¡Mi reno por un caballo!”
dijo Papá Noel III.
Tenía el suelo de su casa poblado de monedas, algo muy codiciado en su país debido a su escasez. No era culpa de sus pantalones bolsirrotos, aunque también influyeran en la siembra; más bien pareciera que las monedas insurgentes necesitaran precipitarse hacia ese suelo amaderado, que actuaba como puerta de nevera en una extraña imantación.
Nunca se agachaba a recogerlas. Ni siquiera las movía. Al principio por una infumable desidia, luego por una ferviente convicción: acabó por creer que eso le iba a traer fortuna; y por temor a barrerla, incluso dejó de barrer.
Pasó el tiempo, y como ese destino que se había augurado no llegaba, quiso precipitarlo empujando al vacío aquellas monedas que no se atrevían a saltar. Convirtió su bolsirrotura en manirrotura y su manirrotura en ahorro; ya que terminó enmoquetando el suelo con una fortuna para transporte público y llamadas en cabinas telefónicas.
Soñó que lo abrazaba y, tras un falso despertar, que podía volver a evocar el tacto del torso desnudo que acababa de sentir de nuevo entre sus brazos. Pensó que era capaz de hacerlo siempre que quisiera y sintió un gran alivio. Entonces despertó.